EL GENOCIDIO DE PIRIBEBUY
Comandante Pedro Pablo Caballero
Fuente: Juan C. Centurión, "Memorias", t. IV.
Allí [Piribebuy] se encontraban además guardados muchos
objetos valiosos (…) El comandante Pablo Caballero era el primer Jefe de la
Plaza, y su segundo el capitán Manuel Solalinde, que ejercía antes la Jefatura
Política de Piribebuy como capital provisoria reemplazándole en este empleo don
Patricio Marecos.
El 2º cuerpo de ejército brasileño y una división argentina,
compuestos ambos de un total de 20.000 hombres de las tres armas, a las órdenes
del conde d’Eu marcharon de Pirayú y, haciendo un movimiento envolvente por
Sapucai, se presentó frente a Piribebuy, el 10 de agosto de 1869. En el paso de
Sapucai, había una trincherita con una pequeña guarnición. Su comandante viendo
que iba a ser envuelto por el monte, tuvo la cordura, después de cambiar
algunos tiros con los que se presentaron por el frente, de tocar retirada,
yendo por el camino de Valenzuela a incorporarse a la guarnición de Piribebuy.
El 11 todo el día y gran parte de la noche, empleó el Conde
en los preparativos del asalto: mandó colocar numerosa artillería al mando del
coronel Mallet al Sud sobre unas alturas que dominan la plaza, y cubrir la
parte Norte, Sud Este y Oeste del pueblo con las fuerzas al mando del generla
Mena Barreto (Juan Manuel) que era a la vez comandante en jefe del 2º Cuerpo en
reemplazo del general Osorio que estaba enfermo, y la división argentina a las
órdenes del coronel Campos. De esta manera quedó el pueblo completamente
sitiado. En esta circunstancia, el Conde mandó intimar al comandante Caballero
la rendición de la plaza en el concepto de que sería inútil toda resistencia.
El comandante Caballero le contestó textualmente al Conde en
estos términos: “Estoy aquí para pelear, y si es necesario morir; pero no para
rendirme”. (…) Al amanecer del día 12 de agosto de 1869, envía otro parlamento
a intimar a Caballero que retirase del recinto del reducto a las mujeres y a
los niños que allí se encontraban y expuestos a perecer inútilmente, Caballero
contestó con la misma energía que la primera vez: “Decid a vuestro jefe que las
mujeres y los niños están aquí seguros, y que él mandará en territorio
paraguayo cuando no haya uno que lo defienda!…
Después de esta severa y elocuente contestación, previo un
recio bombardeo a la plaza inicióse el ataque.
El resultado de una lucha tan desigual estaba de antemano
previsto. A la verdad ¿qué podrían hacer 1.600 hombres mal armados, la mayor
parte muchachos, contra 20.000, ayudados de la cooperación poderosa de treinta
y tantas piezas de artillería sistema moderno? Y sin embargo la resistencia fue
heróica y prolongada. Duró 5 horas! Los aliados atacaron simultáneamente por
los costados indicados. Cargaron con más encarnizamiento al Norte porque sabían
por prisioneros tomados por ellos antes de empezar el combate que esa parte
estaba guarnecida por cuerpos compuestos de muchachos débiles armados los más
de escopetas de cazar y lanzas.
El general Mena Barreto, montado en un hermoso alazán, era
el que a la cabeza de sus fuerzas, traía el ataque con intrepidez por ese
costado.
Fue rechazado dos veces, retirándose a reorganizar sus
tropas al otro lado del arroyo Mboreví. A la tercera que cargó con mucho brío,
como a 500 varas de la trinchera, cayó herido de una bala de fusil en la ingle.
Le alzaron y le llevaron en peso bajo una casita de paja que había cerca. Allí
le colocaron sobre un cuero de vaca que había y mandaron buscar a un cirujano;
pero cuando este vino, ya había expirado sin que hubiese proferido una sola
palabra, y echando espumas por la boca (Nota al pie: Relato del mayor Pacífico
de Vargas, ayudante del Gral. Mena Barreto).
Mientras tanto ya habían conseguido penetrar en la plaza por
la parte Sud los que por ese costado habían atacado, haciendo prisioneros al
comandante Caballero, al jefe político Patricio Marecos y varios otros. Los dos
primeros fueron inmediatamente conducidos ante el Conde que habló con
Caballero.
En ese momento se le acercó un oficial o ayudante que venía
del teatro del asalto al Noroeste, a quien el Conde preguntó si había muerto
mucha gente (de ellos)?
No hemos perdito tanta gente; pero ha muerto uno que vale
por muchos.
¿Quién? Volvió a preguntar el Conde.
El general Mena Barreto, señor, contestó el oficial.
¡El general Mena Barreto!… repitió el Conde con gran
sorpreswa, tornándose súbitamente su fisonomía en una expresión colérica.
Y señalando a Caballero y Marecos dijo sin vacilar:
“Degüéllenlos a esos, ellos tienen la culpa!…”.
La orden fue cumplida en un abrir y cerrar de ojos.
(…) Con este acto bárbaro y cruel, manchó el Conde su nombre
y deshonró las armas brasileñas que habían alcanzado tanto brillo bajo la hábil
dirección de ilustres y valientes generales como Caxia, Osorio, Porto Alegre y
Barón del Triunfo.
En tan abnegada y heroica defensa, perecieron las dos
terceras partes de la guarnición de Piribebuy. Los restantes 500 que quedaron
vivos fueron hechos prisioneros.
El conde d’Eu a pesar de la desigualdad de número entre los
combatientes, ha considerado la toma de Piribebuy como un timbre de gloria. Tan
es así que distinguió sobre el campo de batalla a varios jefes argentinos con
la condecoración imperial del Brasil titulada ‘Recompensa a la bravura
militar’.
(…) El peligro no podía haber sido tanto ni tan inminente,
si se tiene en cuenta la enorma desproporción de los combatientes: 20.000
contra 1.600! o sea 12 contra 1!
Sin embargo, el hecho de que los aliados hayan considerado
la toma de Piribebuy como un triunfo glorioso, junto con el de la baja que han
tenido, constituye un elocuente elogio de la bravura y abnegación heroicas de
nuestros paisanos que allí perecieron gloriosamente. Quiere decir que en
proporción de las ventajas de que dispusieron para apoderarse de aquel platillo
rodeado de alturas, en esa proporción disminuye y achica, como es natural, la
importancia de la victoria. Y una derrota heroica siempre merece la simpatía de
los pueblos y aún de los vencedores. Por esto tenía razón aquel que dijo: ‘que
hay derrotas gloriosas como victorias vergonzosas’ (Víctor Hugo).
La nación recordará siempre con gratitud y orgullo la
defensa heroica de Piribebuy. El nombre del valiente mártir Pablo Caballero, y
los de sus bravos compañeros quedan grabados con letras de oro en el templo de
la inmortalidad.
(…) La soldadesca, bajo la impresión de la pérdida de Mena
Barreto, que era muy querido, después de la toma de la plaza, a pesar de los
esfuerzos de los jefes cometió muchos abusos, matando, o más bien asesinando,
puesto que no era otra cosa, a muchas gentes indefensas inútilmente.
El Archivo Nacional fue sacado de sus depósitos y
desparramado en medio de la plaza. Los soldados faltos de leñas para cocinar
sus pucheros, hicieron uso de los legajos como tizones para alimentar el fuego
de sus fogatas. ¡Cuántos importantes documentos históricos no habranse
convertido en cenizas y humos esa vez!
Las alhajas de oro y plata de que se apoderaron, fueron
entregadas por consejo del Ministro Parahnos al gobierno provisorio que se
había instalado en la Asunción, con condición de que fuesen realizadas y su
importe empleado a favor de las desgraciadas familias paraguayas.
El gobierno provisorio comisionó con este objeto a uno de
sus miembros, José Díaz de Bedoya, y este se trasladó a Buenos Aires a negociar
dichas alhajas por cuenta de la Nación. Consiguió vender todas dedicando su
producido a aumentar su propia fortuna. Se abstuvo de regresar a la Asunción,
enviando en lugar del dinero su renuncia en que se manifestaba inhibido a
continuar formando parte de un gobierno supeditado por los poderes de la
alianza!”
Cuadrilátero rodeado del Genocidio


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