HABLA UN GENERAL BRASILEÑO

HABLA UN GENERAL BRASILEÑO

No pretendemos hacer en este trabajo la apología del célebre presidente del Paraguay. Bien sabemos que en los últimos años de su tormentosa carrera practicó actos de excesiva crueldad que, si bien explicables en la difícil situación en que se viera, pueden no tener una justificación satisfactoria.
Deseamos únicamente narrar algunas cosas, que no son nuevas, pero que están poco vulgarizadas, con el fin de mostrar que ninguna razón existe para que siga en pie la creencia, tan propagada en nuestra patria, según la cual el Brasil, al invadir el Paraguay, le prestó un gran servicio, libertándolo de un tirano.
En primer lugar, NO ES VERDAD QUE LÓPEZ HAYA SIDO TIRANO CUANDO LAS NACIONES VECINAS SE COLIGARON PARA HACERLE LA GUERRA. Ni era un advenedizo o un caudillo, usurpador del poder: electo presidente, en una forma legal en su país, asumió el gobierno pacíficamente. Era un autócrata porque la Constitución Nacional daba al presidente una fuerza y una responsabilidad indispensables para el buen desempeño del cargo supremo. Mas ese autócrata no abusó del amplio poder que se le concediera, al menos en el grado necesario para ser considerado como déspota. No se indica en esa época un solo acto de tiranía que pudiese justificar una revuelta, y menos aún, una intervención extranjera. Si no fué mejor que todos los presidentes que hemos tenido, con seguridad no fué peor que ellos, adoptando el criterio que nos sirve para juzgar cuáles son los buenos y los malos presidentes. Fué grande su preocupación de elevar al Paraguay en el concierto de las naciones, procurando dotarlo de todos los mejoramientos materiales entonces conocidos. Los paraguayos se ufanan de haber sido su país el primero que en el Río de la Plata tuvo caminos de hierro y telégrafos.
Desde el punto de vista militar, López no podía haber llegado a la altura que la moral y la razón señalan a los estadistas modernos, esto es, al pacifismo. Debía abrigar los preconceptos que aun hoy persisten en los dirigentes de los pueblos y que se traducen en el aumento, tan grande como sea posible, de los armamentos.
Dada esta preocupación inhumana, que desgraciadamente aun hoy es tenida por legítima, López cumplió lo que juzgaba su deber. Elevó su ejército a un grado de eficacia tal que, aislado del mundo, y por tanto, privado de recursos, pudo resistir durante cinco años a los ejércitos de tres naciones reunidas, en comunicación franca con la tierra entera. LAS TROPAS DEL PARAGUAY ERAN ADMIRABLES EN DISCIPLINA, BRAVURA Y ABNEGACIÓN. Y su pequeña flota, aunque fluvial, pudo librar batallas con las escuadras enemigas. En sus arsenales se fabricaban ya cañones y carabinas.
Desenvolvió el comercio y la agricultura. Atrajo Sobre su país la atención del mundo, por medio de legaciones que mantenía en Londres, París y Roma. Y —¡conducta poco propia de un tirano!— protegió las artes y las ciencias: cuando se declaró la guerra, un centenar de jóvenes paraguayos estudiaba, en Europa y en los Estados Unidos, ingeniería, leyes, medicina, a expensas del Estado.
Hablando del Paraguay de ese tiempo, dice Juan Silvano Godoy: "Sus hijos eran fuertes, consagrados al trabajo, sobrios, prudentes, respetuosos y valientes. Sus mujeres trabajadoras, abnegadas, hermosas y de amores castos. VIVÍAN LOS PARAGUAYOS EN LA ABUNDANCIA, CONTENTOS Y FELICES, BAJO EL RÉGIMEN DE UN GOBIERNO PATRIARCAL, CELOSO DEL CRÉDITO, DE LA DIGNIDAD Y DE LA HONRA DE LA NACIÓN".
Por lo tanto, el emperador Pedro II, cuando encabezó la guerra contra el Paraguay, no podía tener por fin libertarlo de un tirano, pues allí no había tales tiranos en aquel entonces. Pero, aun emprendida esa guerra en nombre de la civilización, no se concilian con esas intenciones generosas las resoluciones del tratado de alianza, que no se ocupa en ellas. EN LO QUE MÁS SE OCUPA ES EN LAS INDEMNIZACIONES, LAS PRESAS QUE HABÍAN DE REPARTIRSE, EN LOS TERRITORIOS POR CONQUISTAR Y EN LOS LÍMITES QUE SE IMPONDRÍAN AL VENCIDO.
¿Cómo irían con esas disposiciones a civilizar a un país y a libertarlo de su tirano?
Mas, admitamos que López fuese un tirano. Demos de barato que tuvieran razón al proclamar ese propósito: ¿quién fué el que pidió al Brasil el servicio de librar al Paraguay de su tirano? Si, hoy mismo, en las patrias brasileñas, que se hallan ligadas por los lazos de la federación, y donde algunos déspotas se entregan a condenables excesos, consideramos ilegítima la intervención del poder central (y con razón) aun cuando media el ocurso de los que se dicen oprimidos, ¿cómo justificar la intervención extraña en una nación independiente que nada pidió?
Con todo, supongamos que existían todas las razones para intervenir: de un lado, tirano que oprime; de otro, víctimas que claman. Aun así, no eran la Argentina, el Uruguay, y mucho menos, el Brasil, los que podían decentemente presentarse como caballeros andantes; las dos primeras, porque aun eran víctimas de caudillos que mantenían a sus patrias en constante opresión y desorden; y el Brasil, porque conservaba la esclavitud. EN VERDAD, ADMITIÉNDOSE LA CABALLEROSIDAD INTERNACIONAL, MUCHO MÁS JUSTIFICADA ESTARÍA LA INTERVENCIÓN DE LÓPEZ EN EL BRASIL PARA LIBRARNOS DE PEDRO II, QUE MANTENÍA UNA RAZA ESCLAVIZADA. ¡Y ESTA SÍ QUE ES INNEGABLE TIRANÍA!
Mas fué infernalmentc singular la manera como los aliados libertaron al Paraguay de su presunto tirano. Violaron los campos, saquearon y destruyeron las ciudades, exterminaron la población, que se redujo a 140.000 hombres y 180.000 mujeres, impusieron una contribución de guerra, de tal modo grande, que ya alcanza hoy a una suma muchas veces mayor que la que Alemania impuso a Francia en 1870; desatendieron todas las proposiciones de paz y ocuparon militarmente el territorio por más de seis años. EN SUMA, LIBERTARON A LA NACIÓN DE SU TIRANO, EJERCIENDO LA TIRANÍA EN SU FORMA MÁS PERFECTA.
Entretanto, examinando mejor las cosas, se ve que fué justamente lo contrario lo que sucedió: lo que los aliados hicieron fué dar al Paraguay un tirano.
López fué un presidente moderado antes de la guerra, y se volvió sanguinario en el curso de la campaña. Si pensamos que lo propio de una lucha, especialmente cruel como ésta, no puede ser sino una excitación continua de los instintos egoístas, ES LÓGICO CONCLUIR QUE FUÉ LA GUERRA LA QUE ASÍ LO TRANSFORMÓ.
"Ni el primero ni el segundo año de lucha se manchan con horrores, dice el autor de quien tomamos estos datos; pero el duelo interminable, su desigualdad, la voluntad de aniquilar, fría e irreducible, de parte de los aliados, el juramento de vencer o morir, la certeza de no poder vencer, a pesar de todos los heroísmos, encienden el furor, excitan diariamente, rompen los frenos humanos y concluyen por precipitar en el abismo de las locuras homicidas al gobernante inteligente y culto de la víspera".
POR TODO ESTO, NO ES CORRECTO AFIRMAR QUE LOS ALIADOS LIBERTARON AL PARAGUAY DE UN TIRANO; LA VERDAD ES JUSTAMENTE LO CONTRARIO.
Dos circunstancias hay, sin embargo, que no se debe olvidar, cuando se desea hacer una apreciación de esa tiranía.
Una es que López dirigía una de las defensas más difíciles; una patria pequeña, desprovista de recursos, aislada del mundo, contra tres naciones, mucho más fuertes y cuyo abastecimiento de materiales y de hombres no tenía límites. No es imposible encontrar en las necesidades impuestas por esa dificilísima defensa, no diremos una justificación completa, pero sí valiosos atenuantes para sus desvaríos.
La segunda circunstancia es que la Triple Alianza no estaba en las condiciones morales necesarias para estigmatizar los crímenes ajenos. Al querer hablar de atrocidades es nuestro primer deber tener en cuenta las nuestras, para evitar reincidencias.
"¿Acaso debe reducirse la intensidad del anatema cuando llega el turno de evocar las aberraciones de la Triple Alianza?
"¿IGNÓRANSE LAS MATANZAS VENGATIVAS QUE FUERON SU LEY? LA CRÓNICA DE LA CAMPAÑA DE LAS CORDILLERAS OFRECE ASPECTOS ATERRADORES. INCENDIO DE HOSPITALES ENEMIGOS, PROFANACIONES DE TODO GÉNERO, A NADIE SE DA CUARTEL. LAS IGNOMINIAS DE ESE PERÍODO SON PROPIEDAD EXCLUSIVA DE LAS TROPAS IMPERIALES, QUE LAS REMATAN CON LA CARNICERÍA DE LOS SIETE CERROS, DONDE, YA LO HEMOS RECORDADO, SE DEGÜELLA A MÁS DE DOSCIENTOS RENDIDOS. EN EL AQUIDABÁN, SE HABÍA ULTIMADO COMO A FIERAS AL MARISCAL Y A SUS BRAVOS COMPAÑEROS DE ESTADO MAYOR.
"Pero el aspecto sombrío no se limita a las filas imperiales. Las carnicerías fueron regla general. Refiriendo la segunda batalla de Itá Ivaté, expone el general Garmendia: "Sucedió entonces un pequeño entrevero, en el que no había sino hombres que herían y otros que pedían piedad; ese desorden del vencedor era horrible, y el coronel Morales trataba a todo trance de organizar la marcha desordenada; pero, por otra parte, se oía el grito seco, como el graznido de una lechuza, del coronel Agüero, que vociferaba: "¡Maten, maten!".
Así habla un hijo de una de las naciones aliadas.
En vista, pues, de todo cuanto queda expuesto, no nos conviene apelar a ridículos sofismas para justificar nuestra infeliz conducta. Debemos golpearnos el pecho, confesándonos arrepentidos.
Pero somos tan obcecados, que en vez de esa actitud humilde de pecadores contritos, aun conmemoramos nuestras proezas. ¡Cómo nos exponemos a la risa! Cómo se burlará de nosotros quien conozca el caso y sepa que, A TENER QUE HACERSE GLORIFICACIONES, LAS MAYORES CORRESPONDERÍAN JUSTAMENTE AL LUCHADOR QUE FUE VENCIDO, ¡A LÓPEZ! NO SÓLO POR LO QUE FUÉ COMO MILITAR (Y NO FUÉ MENOS QUE CUALQUIERA DE LOS OTROS), SINO TAMBIÉN POR HABER SIDO EN ESE CONFLICTO EL ÚNICO JEFE QUE SE BATIÓ POR UNA CAUSA INCONTESTABLEMENTE JUSTA: LA DEFENSA DE SU PATRIA, POR LA QUE HIZO EL SACRIFICIO SUPREMO.
Ya un brasileño ilustre reconoció la grandeza de la nación paraguaya en ese conflicto: el señor Joaquín Nabuco. En un trabajo sobre la guerra, dice que los aliados mucho hicieron, sin duda; pero que teniendo en cuenta los recursos de que disponían, su resolución, tenacidad y sacrificios, nada fueron en comparación con lo que hizo el Paraguay, y agrega que sólo el esfuerzo de éste puede ser calificado de grandioso y sublime.
Abandonemos, pues, nuestra innoble conducta. Si hay motivos para ceremonias, éstas sólo pueden ser de desagravio. Es horrible escarnecer a los vencidos. Sólo podría engrandecernos una fiesta de confraternidad y de paz con el Paraguay. Y así serviríamos mejor la memoria del bravo general Osorio, que decía que "su mayor disgusto era ver a su patria en guerra y hallarse en un campo de batalla; que su día más feliz sería aquel en que se le diese la noticia de que los pueblos —los civilizados al menos— festejaban su confraternidad, quemando sus arsenales". (Fernando Osorio: Historial del general Osorio, página xxvi).
No nos empeñemos en ser inferiores a la noble nación uruguaya que, hace treinta años, restituyó los trofeos y canceló la deuda.

General doctor Bagueira Leal
Río Janeiro, junio 7 de 1916

Fuente: “Francisco Solano López y la Guerra del Paraguay”, de Carlos Pereyra, Bs. As., 1953. Apéndice, p. 203-208.

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